27 enero, 2014

El poeta del revés cerró el soneto




Un gran don conlleva una gran responsabilidad. Cuando un niño exhibe un atisbo de maestría en un campo, su evolución hasta la élite del mismo debe superar ciertas fases, cuyo recorrido se ve afectado por una multiplicidad de factores. Su propia convicción, la presencia de un mentor adecuado o la coincidencia en tiempo y espacio con talentos semejantes con los que competir pueden marcar ostensiblemente el devenir de dichas cualidades. El aleteo de una mariposa puede recluir un brillante destino en un pozo de mediocridad, por lo que la reunión de las circunstancias idóneas es condición sine qua non para la explotación de esa virtud.

De todo esto sabe algo Stanislas Wawrinka. A mediados de la primera década del presente milenio, la belleza técnica de su revés a una mano se hizo patente dentro del circuito tenístico profesional. Un golpe de una majestuosidad poética que invitaba a dibujar un futuro con Stan como actor principal, un rasgo diferencial que parecía otorgarle un valor añadido respecto a sus coetáneos.

Sus pareados de revés, rimados tanto en cruzado como en paralelo, comenzaban a ganar fama. Incluso se tornaban en bonitos cuartetos, de sencilla estructura quizás, pero de gran elegancia. Rubricó el primero en Umag 2006, cuando la retirada de Novak Djokovic en el desempate del primer set le llevó por primera vez a levantar los brazos. Su primer poemario veía pronto la luz, a modo de prólogo de lo que quedaba por venir.

Versos sueltos


Aunque vinieron más, fueron muchos menos de los que sus destellos presagiaban. Un goteo de versos sueltos mantenía al suizo en la zona noble del tenis, pero la ausencia de evolución le impedía cerrar más poemas. Casi cuatro años tardó en publicar el segundo poemario de cuartetos, fechado en 2010 en Casablanca. Por el camino, cinco finales perdidas. Cinco poemas frustrados sin encontrar el verso final que le diera forma. El propio Djokovic cercenó su creación más brillante sobre la tierra romana.

Con tanta irregularidad en los poemas más simples, alcanzar la perfección formal del soneto era una quimera. Desde que inició el primero en Roland Garros 2005 comenzaba cuatro al año, pero apenas era capaz de consumar los dos cuartetos iniciales. El helvético seguía creando mágicos pareados, pero nada más. El ritmo de su derecha no acompañaba a las rimas trazadas por su revés, donde la estética seguía sin encontrar el acompañamiento de la efectividad.

El US Open 2010 le vio emborronar su primer terceto. Por primera vez alcanzaba los cuartos de final, pero su fina pluma se estrelló contra los bombardeos lingüísticos de Mikhail Youzhny. Meses más tarde repitió su techo en Australia. Con los cuartetos de nuevo cimentados, asistió en vivo a una clase maestra de Roger Federer en lo que a creación de tercetos se refiere.

No aprendió la lección. En lugar de interiorizar las enseñanzas de su compatriota y asimilar los conceptos del ritmo en materia de saque y derecha, Stanislas se vino abajo. No era capaz de entender su fracaso. Su revés seguía levantando aplausos, pero el global de su obra apenas llegaba a acercarle al lugar que creía merecer en la historia.

El ritmo de Norman


Dos años sin publicar nada -desde enero de 2011 en Chennai-, y sin ni siquiera atisbar la entrada de los tercetos en los Grand Slam, le llevaron a tomar medidas drásticas. Tenía la convicción y los rivales. Faltaba el mentor, y el sueco Magnus Norman fue el elegido. Su ritmo como jugador y su actuación al cargo de Robin Soderling actuaron como credenciales previas, y pronto quedó confirmada la química de la unión.

Magnus trazó un plan de estudios intensivo. Stan acababa de cumplir 28 años, no había tiempo para el medio plazo. El sueco entendía la grandeza del revés de su pupilo, pero a diferencia de éste, también era consciente de la ineficacia del mismo, por sí solo, para completar el ansiado soneto. Le explicó la importancia de la consistencia en una construcción de 14 líneas. La necesidad de cerrar versos fáciles con el saque, de utilizar la derecha como ritmo del poema para avanzar de forma más firme, y sobre todo, la trascendencia de reservar su revés para los momentos capitales de su obra.

La contundente victoria en Oeiras ante un artista del ritmo como David Ferrer fue el primer aviso. Era su mejor publicación hasta la fecha. En París repitió el techo de sus sonetos al retornar a los cuartos de final de un Grand Slam; y rubricó su mejoría en Madrid, donde sólo sucumbió ante la exhibición de verso alejandrino ofrecida por Rafa Nadal. Incluso demostró su capacidad para componer sobre hierba en Hertogenbosch, la única superficie en la que nunca había jugado una final.

Fue más allá en el US Open, incrustando por fin su primer pareado en un terceto decisivo, con el vigente campeón Andy Murray como testigo. Incluso estuvo a punto de sellar el segundo, pero Novak Djokovic cerró el cuaderno. Aun así, había hecho méritos suficientes para recibir, por primera vez, la invitación a la reunión anual de los mejores literatos. Maestros de la poesía, la prosa y el drama ponían en juego sus talentos, y Wawrinka no quiso ser un convidado de piedra. Dejó escritas grandes líneas hasta semifinales, pero de nuevo fue Djokovic el que secó su tintero.

Los tercetos


Esta vez sí aprendió. Arrancó 2014 firmando un bonito cuarteto en Chennai, ejercitando así su muñeca para el siguiente soneto. Escribió los dos primeros cuartetos con una facilidad inusitada, culminados con un brillante verso con Tommy Robredo como contrincante. Su saque y su derecha marcaban por fin un acompasado ritmo que su revés cerraba con brillantes versos. Tal y como Norman había planeado. Faltaban los tercetos, la prueba de fuego.

El primero fue el más difícil de escribir. Otra vez Djokovic. Por momentos, Stan parecía tirar la toalla. Tentado de partir la pluma en dos, miró al tintero. Rebosante de ritmo y golpes, decidió porfiar en su escritura y culminó el verso. De nuevo en su techo, le esperaba Tomas Berdych, al que superó cómodamente rumbo al pareado final. Con Rafa Nadal enfrente, pocos creían en él.

Nadie parecía creer que, con casi 29 años, fuese capaz de publicar una gran obra. Todos le veían ya como ‘el poeta del revés’, creador de brillantes versos sueltos sin capacidad para alcanzar el cielo de la poesía. Norman y él sí creían. Wawrinka agarró la pluma y encaró la última rima. No fue fácil, y desde luego, no fue la más brillante. Pero la culminó.

No se tiró al suelo, simplemente respiró. De repente, desaparecieron todos los tinteros volcados, los versos tachados, los inacabados, las rimas asonantes, las papeleras colmadas de cuadernos sin terminar. Todo era historia. Había hecho historia. Había cerrado el soneto.

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