Desde el principio de los tiempos, que diría Manolito
Gafotas, las incursiones de África en el mundo del tenis han sido un ‘rara avis’.
Más allá de alguna nacionalización como la del checo Jaroslav Drobny, ganador
de tres Grand Slam como egipcio; el deporte de la raqueta se ha sustentado en
el ‘apartheid’ sudafricano, ayudado en la década de los noventa por el trío de
oro marroquí formado por Younes El Aynaoui, Hicham Arazi y Karim Alami.
En Sudáfrica, Johan Kriek logró dos Open de Australia (1981
y 1982) más de medio siglo después de los éxitos de Harold Kitson y Louis
Raymond. Kriek dio paso a Wayne Ferreira, coexistente con el trío marroquí y
que puso el techo africano del ránking en el número 6.
Sin embargo, si Ferreira tuvo un motivo de orgullo especial
el día de su retirada, no fue por su ránking o sus 15 títulos. Cuando Wayne
colgó la raqueta, lo hizo como el jugador con más número de Grand Slams
disputados de forma consecutiva. Debutó en Wimbledon 1990, y tras perderse el
US Open, decidió que mientras estuviese en activo jamás vería un grande por
televisión.
De esta forma, encadenó 56 presencias desde Australia 1991
hasta el US Open 2004, meses después de arrancarle el récord al sueco Stefan
Edberg (54) sobre la hierba londinense. Un registro que Wayne Ferreira ha
logrado conservar intacto durante una década como símbolo de la presencia del
continente negro en la historia del tenis. Hasta ahora.
En la madrugada española, Roger Federer comparecía en la Rod
Laver Arena para medirse al local James Duckworth, cumpliendo así su 57ª
aparición consecutiva en un Grand Slam. El suizo, después de una temporada de
sinsabores a la que no estaba acostumbrado, comienza 2014 batiendo un registro
histórico.
57 torneos que podrían haber sido 60, ya que tras acudir a
Roland Garros y Wimbledon en 1999, no pudo pasar la ‘qualy’ del mismo US Open
que luego conquistó en cinco ocasiones consecutivas. En Australia 2000 no
faltó, en 2014 tampoco. 14 años consecutivos firmando cuatro veces al año en la
hoja de registro de las reuniones más elitistas de la raqueta.
Un registro más que añadir en su impresionante lista, y que
a su vez supone la desaparición del último resquicio africano que contemplaban
los libros dorados de la historia del tenis.


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