Novak Djokovic está en crisis. Una crisis que querría para
sí mismo cualquier tenista del mundo salvo un par de excepciones, pero una
crisis al fin y al cabo. La eliminación en los cuartos de final del Open de
Australia a manos de Stanislas Wawrinka ha encendido la luz roja, después de un
tiempo oscilando entre una gama cromática anaranjada.
Pensar así resulta contradictorio tras la racha de 28 triunfos
consecutivos truncados ante el helvético, pero es la conclusión lógica que se
desprende si atendemos a las variables ‘macrotenísticas’ del balcánico. Poniendo
en perspectiva su evolución, hay motivos fundados para la alarma.
En el paradigma actual de la raqueta, con la increíble
igualdad encontrada entre tres o cuatro tenistas (según año); los torneos del
Grand Slam adquieren una importancia capital debido a su propio impacto en el
ránking. Ser finalista en uno de ellos reporta más puntos que conquistar
cualquier torneo de categoría inferior. Ganarlo son 2000 puntos, caer en
cuartos son 360.
Es ahí donde radica el problema de Djokovic. Su eficacia en
los cuatro torneos más importantes del año ha ido cayendo en picado, tocando
fondo en su irreductible bastión de Melbourne. Basta con mirar sus resultados
en las tres temporadas previas.
Entre las ediciones 2011 y 2012 del Open de Australia,
Djokovic firmó cuatro títulos de cinco posibles, dejando escapar únicamente la
arcilla parisina, el único gran trofeo en el que todavía no ha cincelado su
nombre. Resulta imposible olvidar aquel mágico 2011 del serbio, donde tiranizó
el ránking mundial del tenis encadenando títulos a base de proezas.
Desde entonces, inercia. Nada más. Inercia maquillada por
sus grandes resultados intermedios en torneos de inferior categoría, pero
inercia. Tapada también por las lesiones de sus dos principales enemigos, pero
inercia. Perfectamente disimulada cuando un techo borra las sombras de su
amada pista dura.
Gana a los rivales fáciles sin apenas despeinarse, y eso
ofrece la imagen de suficiencia. Una imagen que ofrece lugar a equívocos, ya
que su nitidez se torna en grano cuando al otro lado de la red encuentra un
nivel de resistencia notable. Cuando eso sucede, Novak pelea, se lamenta, sigue
peleando, finge lesiones, vuelve a pelear, protesta a los jueces, se rebela
ante la derrota, contradice al ojo de halcón, nunca deja de competir. Muchas
veces gana, otras no.
Y esas otras empiezan a ser demasiadas. Un título ganado en
los últimos ocho Grand Slam (12,5% de éxito) es un bagaje paupérrimo para un
jugador que prometía citarse con la historia en aquel mágico 2011. Nada de eso.
Desde aquel año, no ha podido conquistar un ‘grande’ más allá de Australia; y
de sus 6 Grand Slam, solamente uno ha sido conquistado lejos del cemento.
Hasta ahora, finales y semifinales han disfrazado la
auténtica realidad. Wawrinka ha hecho emerger todos esos demonios. La realidad
aparece sin previo aviso. De repente, el imaginario colectivo recupera también
el hecho de sus cuatro derrotas en las cinco últimas finales de Grand Slam, dos
ante Rafa Nadal y otras dos ante Andy Murray.
Sus dos grandes rivales han dejado patente su superioridad a
cinco sets; y para colmo, ha llegado un punto donde la segunda línea de la
élite también se cree capaz de batirle. Wawrinka ha desnudado definitivamente
las carencias de Djokovic, y lo ha hecho en su escenario favorito, en el que el
serbio ha gestado más de la mitad de su leyenda. Humanizado como nunca antes,
Djokovic tiene mucho trabajo por delante para recuperar su estatus divino.
Dicen que de las crisis se sale. Veremos.



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