21 enero, 2014

La crisis de Novak Djokovic




Novak Djokovic está en crisis. Una crisis que querría para sí mismo cualquier tenista del mundo salvo un par de excepciones, pero una crisis al fin y al cabo. La eliminación en los cuartos de final del Open de Australia a manos de Stanislas Wawrinka ha encendido la luz roja, después de un tiempo oscilando entre una gama cromática anaranjada.

Pensar así resulta contradictorio tras la racha de 28 triunfos consecutivos truncados ante el helvético, pero es la conclusión lógica que se desprende si atendemos a las variables ‘macrotenísticas’ del balcánico. Poniendo en perspectiva su evolución, hay motivos fundados para la alarma.

En el paradigma actual de la raqueta, con la increíble igualdad encontrada entre tres o cuatro tenistas (según año); los torneos del Grand Slam adquieren una importancia capital debido a su propio impacto en el ránking. Ser finalista en uno de ellos reporta más puntos que conquistar cualquier torneo de categoría inferior. Ganarlo son 2000 puntos, caer en cuartos son 360.

Es ahí donde radica el problema de Djokovic. Su eficacia en los cuatro torneos más importantes del año ha ido cayendo en picado, tocando fondo en su irreductible bastión de Melbourne. Basta con mirar sus resultados en las tres temporadas previas.

Entre las ediciones 2011 y 2012 del Open de Australia, Djokovic firmó cuatro títulos de cinco posibles, dejando escapar únicamente la arcilla parisina, el único gran trofeo en el que todavía no ha cincelado su nombre. Resulta imposible olvidar aquel mágico 2011 del serbio, donde tiranizó el ránking mundial del tenis encadenando títulos a base de proezas.

Desde entonces, inercia. Nada más. Inercia maquillada por sus grandes resultados intermedios en torneos de inferior categoría, pero inercia. Tapada también por las lesiones de sus dos principales enemigos, pero inercia. Perfectamente disimulada cuando un techo borra las sombras de su amada pista dura.

Gana a los rivales fáciles sin apenas despeinarse, y eso ofrece la imagen de suficiencia. Una imagen que ofrece lugar a equívocos, ya que su nitidez se torna en grano cuando al otro lado de la red encuentra un nivel de resistencia notable. Cuando eso sucede, Novak pelea, se lamenta, sigue peleando, finge lesiones, vuelve a pelear, protesta a los jueces, se rebela ante la derrota, contradice al ojo de halcón, nunca deja de competir. Muchas veces gana, otras no.

Y esas otras empiezan a ser demasiadas. Un título ganado en los últimos ocho Grand Slam (12,5% de éxito) es un bagaje paupérrimo para un jugador que prometía citarse con la historia en aquel mágico 2011. Nada de eso. Desde aquel año, no ha podido conquistar un ‘grande’ más allá de Australia; y de sus 6 Grand Slam, solamente uno ha sido conquistado lejos del cemento.



Hasta ahora, finales y semifinales han disfrazado la auténtica realidad. Wawrinka ha hecho emerger todos esos demonios. La realidad aparece sin previo aviso. De repente, el imaginario colectivo recupera también el hecho de sus cuatro derrotas en las cinco últimas finales de Grand Slam, dos ante Rafa Nadal y otras dos ante Andy Murray.

Sus dos grandes rivales han dejado patente su superioridad a cinco sets; y para colmo, ha llegado un punto donde la segunda línea de la élite también se cree capaz de batirle. Wawrinka ha desnudado definitivamente las carencias de Djokovic, y lo ha hecho en su escenario favorito, en el que el serbio ha gestado más de la mitad de su leyenda. Humanizado como nunca antes, Djokovic tiene mucho trabajo por delante para recuperar su estatus divino. Dicen que de las crisis se sale. Veremos.

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